Y para comenzar…

julio 18, 2009

…, antes que nada, un aviso: se han agregado seis nuevos indicadores de “categoría” al blog, que van de la “Sesión 7” a “Sesión 12”. Por favor no olviden utilizarlos para marcar sus ejercicios de modo que sea más fácil clasificarlos. Tampoco olviden poner su nombre en el texto de los ejercicios.

Gracias.:)

Y ahora sí, comencemos. Si no está ya disponible ahora, dentro de poco podrán encontrar, en la plataforma digital del Claustro, un texto del escritor argentino Ricardo Piglia. Léanlo y, para abrir boca, utilicen la sección de comentarios de esta misma nota para discutir la siguiente cuestión: ¿se puede decir que el cuento “La esperanza”, con el que cerramos el primer módulo de nuestro taller, cuenta dos historias a la vez? En tal caso, ¿cuáles serán?

Seguimos en contacto.


Regresamos

julio 17, 2009

Buenos días a todos. Estamos de vuelta, lo que sucede gracias a ustedes. Me alegra mucho que la primera etapa del taller les haya parecido interesante; espero que la segunda lo sea igualmente.

Para ir calentando motores, pronto recibirán, por vía de la plataforma digital del Claustro que hemos utilizado, un texto con el que trabajaremos durante un par de sesiones. Entretanto he aquí el programa del segundo módulo, que estará dividido, como el anterior, en seis “sesiones” semanales:

1. Las dos historias I: el misterio de la narración
2. Las dos historias II: el misterio del mundo
3. Creación de personajes I: tipos y funciones
4. Creación de personajes II: el conflicto
5. Creación de personajes III: dialogación
6. Vuelo libre

Gracias otra vez a todos y estamos, a partir de ahora, de nuevo en contacto.

–AC


Gracias a todos

junio 28, 2009

Hola. ¿Cómo están?

Aún faltan textos de varios de nuestros compañeros, y tenemos aún algo de tiempo para leerlos y comentarlos. Sin embargo, no quiero dejar pasar más tiempo antes de agradecer a todos su paciencia, su disposición y su entusiasmo en estas semanas de taller virtual. Espero que haya sido una buena experiencia para todos y que cuanto hemos podido decir y comentar les sirva, a partir de ahora, al escribir.

También espero que, si no les ha sucedido ya, al revisar lo que ya hicieron (o al proyectar lo que harán a continuación) se den cuenta de una cualidad importantísima de este trabajo que hemos hecho: que nos permite conocernos mejor. Pensar en los textos no es sólo contar para los demás sino escribirnos y leernos, a nosotros mismos: mirar en lo profundo de lo que somos, y ese placer y esa oportunidad es de toda persona que se anima a escribir.

Gracias, pues, y hasta pronto.:)

–A.C.


LA LLUVIA.

junio 24, 2009

Tù has sido arrojado  a la zanja, luego de que el caballo se levanto en sus dos patas traseras antes de salir    corriendo asustado por aquel rayo. Al caer de  tù pierna se escucho un sonido leve de un crujido y sentiste dolor.

Despues del trueno la lluvia emprende su caìda, el agua ha comenzado a mezclarse con la tierra de la zanja y te hundes el tiempo transcurre, la lluvia es cada vez màs intensa.

Tratas de moverte pero la pierna en cada intento que realizas el dolor es intenso, te preguntas si està rota pero no debes perder tiempo con este pensamiento ahora solo buscas la manera de liberarte de la zanja. Recuerdas en estos momentos los dìas  en que solo pensabas en la familia-trabajo, trabajo-en la familia pero tus pensamientos se van un poco màs atràs en la infancia, cuando todo era solo juego, dulces, amigos, correr bajo la lluvia era de lo màs divertido, sentir la ropa hùmeda saltar los charcos tomar entre tus manos el lodo, jugar con las lombrices o jugar con los pequeños muñecos que enterrabas en el lodo. Un recuerdo que hoy esta muy lejos de lo que ahora estas viviendo en està zanja atrapado con el dolor de la pierna. El lodo y la lluvia no juegan , esta vez te tienen atrapado de un modo tal que sera dificil liberarte.

De pronto escuchas a lo lejos un ruido como si fueran pisadas que se mezclan entre el agua y la tierra mojada, cada vez las escuchas  màs cercas tratas de incorporarte y a la vez gritas para ser escuchado, gritas cada vez màs fuerte para que con el ruido de la lluvia tu voz sea escuchada y de pronto sientes que alguien se aproxima a la zanja y esperas con el latir intenso del corazòn al fin algo se asoma, pero solo es una vaca perdida y asustada, està mira la zanja y retrocede. Tù apenas puedes contener las lagrimas por aquella sensaciòn de fustraciòn mezclada con un sentimiento desesperanzador.

Hoy la lluvia te acompaña como en la infancia pero esta vez de una manera en que te estremece por estar atrapado en la zanja y solo escuchas a la lluvia que cae y no el sonido de alguien que se aproxime  para brindarte ayuda. La zanja es cada vez màs hùmeda y la tierra se ha aflojado con lo cual en cada movimiento que tù haces te estas quedando atrapado en ella.La tierra y el agua se mezclan con tu cuerpo como aquellos cuerpos inertes de los pequeños muñecos que tù enterrabas en el lodo en tus juegos infantiles.

Ya no escuchas nada màs que la lluvia y el correr del agua en la zanja, el dolor de la pierna ya no es tan intenso los recuerdos no pasan ya por tu mente, solo la lluvia sigue ahì, la lluvia es ahora tu compañera. Tan solo la lluvia se escuha y tù  en medio de la zanja. La lluvia ya no se escucha, tan solo el aire que pasa tratando de secar todo lo que ha quedado hùmedo por la lluvia……


Reserva

junio 24, 2009

 

Detesto ir a los entierros.

Un montón de caras largas a mi alrededor y de todos esos mirones menos de la mitad siente algo por el difunto.

Mi marido se está arreglando y espera que lo acompañe. No me lo ha dicho pero he notado como voltea continuamente al rincón en donde me encuentro. No entiendo cómo puede ser tan imprudente y pensar que iré cuando hace tan poco era yo la que estaba en cama.

No quiero ir así que haré un último intento para persuadirlo. Me detengo a su lado y se lo pido al oído, él hace como que no me escucha; no sería la primera vez. Tendré que acompañarlo. De nuevo voltea en mi dirección y suspira.

Lo alcanzo en el corredor y camino haciéndole sombra. En el trayecto hacia el panteón no me dirige la palabra, su mirada se pierde en algún punto más allá del cristal; me contento con sentarme a su lado sin hablar, ¿qué caso puede tener?

Al llegar nos unimos a la procesión que acudió a dar el último adiós; mi marido se coloca en primera fila, observo los rostros y más de uno me resulta familiar. Trato de entablar conversación con ellos pero todos parecen sumergidos en la tristeza y no me atrevo más que a emitir un leve “hola” a una amiga que reconozco.

Me siento junto a mi esposo y él comienza a sollozar, alargo el brazo para tranquilizarlo y mi mano atraviesa su hombro. Observo mi cuerpo translúcido y, helada, lo veo levantarse y aventar una rosa sobre mi tumba.

                                __________________________________

Muchas, muchas gracias por todos sus comentarios, ha sido un gusto enorme compartir este taller con ustedes.

Un abrazo,

 Alisma😉


La travesía

junio 24, 2009

                                                                                              Por  Angélica

Juan sentía que las fuerzas le abandonaban, el sol radiante le daba de lleno en pleno rostro; apenas podía moverse, la deshidratación y el cansancio lo estaban venciendo. Ahí, solo, desamparado, percibió la cercanía de la muerte; pero él quería vivir, necesitaba vivir, así que se rebeló contra ella y arrastrándose como pudo avanzó un poco más, pero no había nada, nadie, aún así, su voluntad le incitó a proseguir.

No supo cuanto tiempo paso, ni por donde caminó, solo advirtió de pronto que su miranda estaba puesta en el sol; otra vez.   Aunque para entonces, él ya no estaba en ese lugar, se había trasladado a su tierra, a su vida; la de antes.

Vio la cara alegre de su mujer y comenzó a andar a su lado, ella hablaba con contento de los tiempos venideros, parecía no percatarse de sus ropas desgastadas, de sus pies descalzos, de las chozas en las que vivían, de la pobreza circundante.

Su charla giraba en torno a su primer hijo, ese que esperaban, decía que si era niña no le pondría por ningún motivo el nombre de su madre: Dolores; porque había muchas cosas bellas para echarlo a perder con ese nombre, estaba el río que les proveía alimento, los árboles que les daban sombra y frutos y sobre todo, la tierra, buena, productiva.  Juan admiraba su forma simple de ver la vida, él en cambio, quería “algo mejor”, estaba arto del hambre y las penurias.

Muchos de su pueblo se iban para el Norte y progresaban; ese era su sueño.   Tras mucho meditarlo lo decidió, debía irse; juntó el dinero que tenía, pero eso no le alcanzaba ni para llegar a la frontera con México, recurrió a un prestamista y finalmente lo obtuvo, aunque con grandes intereses.  Después vino lo más difícil, hablar con su mujer, ella no entendía sus razones, si trabajaban duro podía irles mejor, no debía irse, no en las vísperas del nacimiento de su primer hijo.  No lo entendió y salió para comenzar su travesía.

Lo primero fue cruzar la frontera con México, llena de pesares, objeciones y vejaciones; luego cruzó todo el país y fue de malos tratos a trato inhumano, los  “transportes” de los “polleros” eran pésimos; el peor fue un tramo como de 300 km. donde iban 17 personas todas apretadas en el pequeño hueco de un camión rebosante de piñas –eso le hizo pensar en los camiones que transportaban puercos, todos amontonados y lastimados, sin que nadie se compadeciera de ellos–.   Al fin la frontera, Tijuana; pero ahí también estuvo difícil, la migra muy alerta y activa les impedía pasar; espero cerca de un mes para poder cruzar; al fin, llegó el día.

De pronto sintió una luz lastimando sus ojos, era una linterna, de algún modo llegó a un cruce de caminos;  alguien se detuvo, lo revisaron y al ver que estaba vivo lo recogieron con cuidado y se lo llevaron.


La tristeza de Teresa

junio 24, 2009

-Ana-

Dicen que Don Benito se había robado a Teresa cuando ella tenía 13 años.  Tenía otra esposa y una familia no muy numerosa, pero no cabe duda que cuando el amor golpea, lo demás no importa. Quizá no sólo era el amor, sino la dote que obtendría al casarse con ella: una hermosa y envidiable huerta de mangos.   Lo cierto es que esos detalles no importaban cuando uno veía el amor que ambos se profesaban. Habían formado ellos también otra familia, por los menos cinco hijos les conocí yo y más de quince nietos. No sabría con exactitud cuántos años habrían pasado desde que se casaron, jamás he sido buena para calcular la edad de las personas y menos cuando la piel está curtida por una vida entera en la sierra. Creo que eran mucho menos viejos de cómo yo los veía. Lo cierto es que en todos esos años Don Benito no se quiso conseguir otra esposa, y es muy común entre los huicholes que tengan por lo menos dos. Él no, él se mantuvo fiel a Teresa.

Vivían solos en un ranchito llamado “Las Escobas” y aunque sus hijos vivían cerca, cuando uno está en medio de la sierra “cerca” significa dos o tres horas a pie.  Vivían de lo que les dejaban los mangos, de la venta de las hierbas que cosechaban y de las donaciones que recibía Don Benito por las curaciones o por los ritos. Ya llevaba muchos años siendo Maracame y aunque era muy respetado entre las comunidades huicholas vecinas, también tenía algunos enemigos.

Hace poco más de un año, llegó una señora enferma a que la atendiera Don Benito. Traía metido un espíritu que le ocasionaba todo tipo de molestias físicas. Don Benito le hizo curaciones todos los días por más de una semana pero la señora no mejoraba, al contrario, cada día empeoraba más. El día de la fiesta del tambor, que es una de las festividades principales de los huicholes en donde celebran metafóricamente la llegada a Wirikuta (donde cortan el peyote), a Don Benito le tocó oficiar la ceremonia. Se aprovecharon los sacrificios de gallinas para pedir por la señora enferma, pero desgraciadamente a mitad de la mañana falleció. No se notó su muerte hasta varias horas después, cuando la fiesta ya había terminado. Durante la ceremonia no se le cuidó porque cada quien estaba muy metido en su papel y de ello dependía el éxito o fracaso de  la misma. En cuanto lo notaron fueron a avisar a Santa Cruz, pues de ahí era la señora y desde ahí la habían llevado con Don Benito. La distancia entre ambos pueblos es larga, son por lo menos dos horas a pie hasta llegar al camino, y de ahí el tiempo que tarde una camioneta en pasar que los deje cerca del río, desde donde se caminan otras tres horas para llegar a Santa Cruz.

Casi siete horas después de que habían partido con el cuerpo, llegaron al pueblo. Pero el cuerpo no fue bien recibido pues se le hallaron unas marcas que decían eran por brujería, así que se le quemó para que no dejara maldiciones a los habitantes.

A Don Benito se le acusó de asesinato y tuvo que comparecer ante el consejo de ancianos. La situación legal se complicaba cada vez más, pero debía mantenerse dentro del sistema legal de los huicholes, pues en el ministerio público de Nayarit era imposible una acusación o una defensa por cargos de brujería.

Después de un par de meses, el consejo absolvió a Don Benito pero eso no calmó el odio de sus acusadores. En el fondo lo que querían era el dominio de la famosa huerta de mangos tan codiciada en la región. Probablemente la señora ni siquiera tenía salvación…

Una tarde cualquiera, Teresa y sus hijas comían en su casita mientras los esposos estaban en la huerta. De pronto llegaron unos hombres buscando al Maracame. Como no estaba, decidieron dejarle un mensaje muy bien plasmado en la cara de Teresa. Con un rifle la habían golpeado una y otra vez hasta que perdió la conciencia. A las hijas no les hicieron nada, pero ellas tampoco pudieron hacer mucho para defender a su madre. Como ninguna sabía de dónde venían los hombres, no se pudo hacer una acusación formal. La familia tuvo que seguir con su vida con la mayor normalidad posible aunque en el fondo, con un poco de miedo.

Así pasaron los días que se transformaron en semanas y que empezaron a transformarse en meses. Ya se estaban incluso preparando para la siguiente fiesta: la de la semana santa que es la más importante. Como en esta fiesta se reunían todas las comunidades huicholes de Nayarit, Jalisco y San Luis Potosí, se elegía a un solo Maracame para oficiar la ceremonia y para realizar los sacrificios principales. Y este año se había elegido a Don Benito.

Una semana antes de la fiesta, él y Teresa se quedaron en casa en proceso de purificación mientras sus hijos estaban en sus respectivos hogares no tan lejos de ahí. Un hombre con apariencia un tanto pálida llegó a pedir la ayuda del Maracame para curarle de un mal de amores que le afligía desde hacía varios meses. Era un hombre muy amable aunque un poco tímido. Supo ganarse su confianza y platicaron durante horas. -¿No me regala otro cafecito Doña Teresa?- le pidió amablemente el hombre que dijo llamarse Eustaquio. Como buena anfitriona, ella se dirigió hacia su cocina para prender la lumbre. Pero en cuanto escuchó el disparo no sólo se le resbaló la ollita con agua, sino también la esperanza. Salió corriendo desesperada, pero el hombre ya no estaba y Don Benito yacía muerto en el suelo con un disparo en la cabeza. Con el corazón arrancado en la mano y un dolor más fuerte que el aullido del viento, Teresa tuvo que caminar las dos horas necesarias para llegar con sus hijos…

A mi hermano le llamaron ese mismo día para que les ayudara con algunos trámites del entierro. Javier lleva más de 20 años yendo con ellos a sus fiestas y ayudándoles con cuestiones legales. Todo empezó cuando en un viaje a la sierra con sus amigos de la prepa, él y Tomás se perdieron del grupo y casualmente llegaron a casa de Don Benito. Desde entonces hay una relación muy cercana entre ellos, siempre los han considerado parte de su familia…

Hace una semana que Javier regresó del entierro. Le preocupa Teresa porque la ve muy triste. Dice que quizá sus hijos se vayan a vivir con ella para no dejarla sola, pero antes deberán expulsar al espíritu de Don Benito de su casa porque según dicen, aún está rondando por los campos y es necesario que se vaya para que todos puedan continuar con su vida.

A mí me preocupa Javier. Desde ese día no ha salido de su cuarto y no ha querido comer. Teme por la vida de Teresa, teme por sus hijos, teme por la huerta. Dice que quizá se vaya para Las Escobas una temporada por si se ofrece algo.

Del asesino no se sabe nada y probablemente no se sabrá. Esos casos no suelen tener muchas esperanzas de resolverse. Lo único que le queda a su familia es aprender a vivir con la pérdida y seguir adelante entre el dolor y la tristeza…


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